Tengo el honor de colgar en éste, nuestro caos abierto al público, una receta de
Julián.
Copio y pego el texto que me mandó en su día.

Hay muchas maneras de cocinar migas, dependiendo de la región en que nos encontremos, porque al parecer se trata de un plato típico de la vieja España y no se encuentra en otros sitios. Nació como manjar de arrieros y pastores, que aprovechaban las sobras de pan duro y las mezclaban con distintos ingredientes, como podían ser el ajo, el pimiento, el aceite, alguna que otra hortaliza más y... algún trozo de
tocino,
ad maiorem Dei gloriam, porque eso aseguraba la cristiandad de la receta, para diferenciarla de la cocina musulmana.
En el resto de sitios ni idea, pero por lo que yo sé en el norte de Extremadura se siguen haciendo muy bien, con estilo... Son mis preferidas. Se puede decir que de pequeño me criaron mis abuelos, y mi abuela sabía que éste era mi plato preferido.
Ad gustum. Y es que sólo la promesa de cenar migas despertaría a Lázaro.
Animus iocandi, con perdón.
Se usa pan del día anterior porque es mejor, según dicen, que esté “asentao” aunque no quebradizo. Se corta el pan en lascas finas, pequeñas, y una vez con todo lo humedecemos sin que chorree y lo dejamos reposar. Se fríen aparte los trocitos de tocino, a los que luego se añade ajo y pimiento, y una pizquita de sal. El pimiento es el ingrediente fundamental que diferencia las extremeñas de las manchegas, además hay quien apenas lo fríe, y hay quien lo mezcla con las migas prácticamente crudo. Después metemos las migas de pan a la sartén con el sofrito, y prendemos sin miedo.
En el pueblo de mi madre hay quien las hace de distinta forma, añadiendo también pimentón dulce, de la Vera, y se comen acompañadas de café, para desayunar, a buen gusto. Yo no acostumbro a tomarlas con café, salvo contadas veces, y las como en seco, con tenedor para que duren más.
¡Dios mio, qué gran plato! Eso sí, engorda la órdiga, cuidadín los que estéis a dieta.